jueves, 20 de septiembre de 2007

El peñón de las ánimas

María nació dos veces: sus padres la engendraron y ella, después, se inventó a sí misma
Octavio Paz

Lo que hay que ver en la sala de espera de un consultorio. Una cápsula del tiempo.

¡Falleció La Doña, María Félix! Sí, pero el 8 de abril de 2002, el día de su cumpleaños. Ese fue el hecho que acaparó las páginas del TvyNovelas que me encontré antes de entrar con la dentista (pues resultó que sí me extraerán la muela del juicio, ¡puta madre!).

¿Qué define a una diva? ¿Es la versión femenina del dandy, del hombre gallardo y snob? ¿Un intento de Truman Capote vuelto mujer (¿recuerdan cómo éste se describe en Música para camaleones?: "Soy alcohólico. Soy drogadicto. Soy homosexual. Soy un genio")?

Los dos personajes a los que dicha publicación entrevistó en virtud del deceso, Manuel Ávila Camacho e Irma Serrano, despotricaron contra La Doña. La consideraron mezquina y advenediza, falsa. En gran parte, La Doña se debe (sí, aún) a sus detractores.

Empero, me interesó saber por qué una mujer que difícilmente abría un libro tuvo un roce tal con intelectuales y artistas o, mejor dicho, cuál era el origen de su agilidad mental.

Encontré que, en efecto, María Félix no leía. Su conocimiento fue más bien un contagio virtuoso. Así lo explicó Enrique Krauze en Letras Libres (ésta no estaba en el consultorio, bueno, tampoco la busqué):

"Pero, ya frente a ella, sus palabras se oían más. Su genio verbal me sorprendió casi tanto como su hermosura tenaz. Cada frase contenía giros inusitados. Había algo de fuete, de puñal en sus hallazgos, una sorpresa incesante que no tenía su origen en lecturas o reflejos miméticos, sino un venero propio construido al cabo de mil experiencias, viajes, personas. Su trato con escritores —Xavier Villaurrutia, Salvador Novo, Renato Leduc, Mauricio Magdaleno, Efraín Huerta— contribuyó seguramente a alertar su oído, pero la originalidad de su voz era evidente. Y si a la creatividad se aunaba la corrección, la charla de sobremesa se volvía lo que fue aquélla: un acto de encantamiento".

Continuando con el texto de Krauze confirmé que la imagen de la diva se sustenta más en las incógnitas que en las certezas:

"Como había hecho yo en el caso del hermano, cualquier biógrafo habría tenido que cruzar la información con versiones distintas y aun opuestas a las suyas, habría sondeado a sus hermanos y hermanas, a sus amores olvidados o soterrados, a sus querientes y malquerientes, habría abierto las entretelas de la leyenda y separado el mito de la realidad. Ejercer esa inquisición no me atraía. Tampoco a ella: '¿Para qué insistes en buscar eso que tú llamas 'la verdad'?; la vida de una actriz es sueño, y si no es sueño no es nada. Registra lo que te cuento, recréalo como lo que es, un sueño: esa es su 'verdad' profunda, no la otra'."

Entonces, mujer (u hombre, según se quiera) que no afloja... mándala a la...

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